Jesús en el Huerto de los Olivos

Quinta hora de la Pasión

Conclusión de la Agonía 

Agonizante Jesús, mientras parece que está por apagarse tu vida, oigo ya el estertor de la agonía, veo tus bellos ojos eclipsados por la cercana muerte, tus santísimos miembros abandonados, y frecuentemente siento que no respiras más, y siento que el corazón se me rompe por el dolor. 

Te abrazo y te siento helado; te muevo y no das señales de vida. ¿Jesús, has muerto? Afligida Mamá, ángeles del Cielo, vengan a llorar a Jesús y no permitan que yo continúe viviendo sin Él, porque no puedo. Me lo estrecho más fuerte y oigo que da otro respiro y de nuevo no da señales de vida, y yo lo llamo:

 «¡Jesús, Jesús, vida mía, no te mueras! Ya oigo el ruido de tus enemigos que vienen a prenderte, ¿Quién te defenderá en el estado en que te encuentras?» Y Él, sacudido, parece que resurge de la muerte a la vida, me mira y me dice: 

«Hija, ¿estás aquí? ¿Has sido entonces espectadora de mis penas y de las tantas muertes que he sufrido? Debes saber, oh hija, que en estas tres horas de amarguísima agonía he reunido en Mí todas las vidas de las criaturas, y he sufrido todas sus penas y sus mismas muertes, dando a cada una mi misma vida. Mis agonías sostendrán las suyas; mis amarguras y mi muerte se cambiarán para ellas en fuente de dulzura y de vida. 

¡Ah, cuánto me cuestan las almas! ¡Si fuese al menos correspondido! Por eso tú has visto que mientras moría, volvía a respirar, eran las muertes de las criaturas que sentía en Mi» Mi atormentado Jesús, ya que has querido encerrar en Ti también mi vida, y por lo tanto también mi muerte, te ruego por esta tu amarguísima agonía, que vengas a asistirme en el momento de mi muerte. Yo te he dado mi corazón como refugio y reposo, mis brazos para sostenerte y todo mi ser a tu disposición, y yo, oh, de buena gana me entregaría en manos de tus enemigos para poder morir yo en lugar tuyo. 

Ven, oh vida de mi corazón en aquel momento a darme lo que te he dado, tu compañía, tu corazón como lecho y  descanso, tus brazos como sostén, tu respiro afanoso para aliviar mis afanes, de modo que conforme respire, respiraré por medio de tu respiro, que como aire purificador me purificará de toda mancha y me dispondrá al ingreso de la eterna bienaventuranza. 

Más aún mi dulce Jesús, aplicarás a mi alma toda tu santísima Humanidad, de modo que mirándome me verás a través de Ti mismo, y mirándote a Ti mismo en mí, no encontrarás nada de qué juzgarme; después me bañarás en tu sangre, me vestirás con la cándida vestidura de tu santísima Voluntad, me adornarás con tu amor y dándome el último beso me harás emprender el vuelo de la tierra al Cielo. 

Y ahora te ruego que hagas esto que quiero para mí, a todos los agonizantes; estréchatelos a todos en tu abrazo de amor y dándoles el beso de la unión contigo, sálvalos a todos y no permitas que ninguno se pierda. Afligido bien mío, te ofrezco esta hora santa en memoria de tu Pasión y Muerte, para desarmar la justa ira de Dios por los tantos pecados, por la conversión de todos los pecadores, por la paz de los pueblos, por nuestra santificación y en sufragio de las almas del purgatorio.       

Pero veo que tus enemigos están ya cerca y Tú quieres dejarme para ir a su encuentro. Jesús, permíteme que te de un beso en tus labios, en los cuales Judas osará besarte con su beso infernal; permíteme que te limpie el rostro bañado en sangre, sobre el cual lloverán bofetadas y salivazos, y estrechándome fuerte a tu corazón, yo no te dejo, sino que te sigo y Tú me bendices y me asistes.