"Os anuncio una gran alegría"

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“OS ANUNCIO UNA GRAN ALEGRÍA…”   (Lc. 2,10) 

Dice Jesús: “Yo tengo para comer un alimento que no conoceis... Mi alimento es hacer la Voluntad de Aquel que Me ha enviado y llevar a cabo su Obra” (Jn. 4,32-34).
 
“No dejamos de pedir por vosotros y de pedir que tengais un pleno conocimiento de su Voluntad, con toda sabiduría e inteli-gencia espiritual” (Col. 1,9). “...Porque Dios nos ha hecho conocer el misterio de su Voluntad” (Ef. 1,9).
 
Por lo tanto, la Divina Voluntad es objeto de conocimiento, el más sublime, y también es un misterio “oculto desde siglos eternos en la mente de Dios” (cfr. Rom. 16,25; Ef. 3,1-5, 9-12) 
“Por eso, habiendo preparado la mente a la acción, vigilad poniendo toda vuestra esperanza en esa gracia que se os dará cuando Jesucristo se revele” (lª Pe. 1,13).
 
La Divina Voluntad es una “gracia”, un don futuro, el más deseable, relacionado con la futura Revelación o Parusía de Cristo.
 
“Amadísimos, nosotros desde ahora somos hijos de Dios, pero lo que seremos aún no ha sido revelado. Lo que sabemos es que cuando El se manifieste seremos semejantes a El, porque Lo veremos como El es” (1ª Jn. 3,2).
 
En efecto, existe una revelación, que para San Juan era futura y que tiene que ver con Jesús y con nosotros, la cual nos ha de conducir a la semejanza divina perdida.
 
San Pablo pedía para que tuviéramos un pleno conocimiento de la Divina Voluntad, con toda sabiduría e inteligencia espiritual. Y Nuestro Señor, en su última Cena dijo: “Aún tengo muchas cosas que deciros, pero por el momento aún no sois capaces de soportar el peso. Mas cuando venga el Espíritu de la Verdad, El os conducirá a la Verdad completa, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá todo lo que haya oído y os anunciará las cosas futuras”(Jn.16,12-13). Y al acabar oró, diciendo al Padre: “Yo les he dado a conocer tu Nombre y se lo daré a conocer, para que el Amor con que Me has amado esté en ellos y Yo en ellos” (Jn.17,26).
 
Es evidente cuánto sea importante el conocimiento. En la medida que conocemos una cosa, la apreciamos, la deseamos, la amamos y por consiguiente la poseemos.
 
Una piedra preciosa que un hombre posee –es un ejemplo del Señor a Luisa–, se vuelve “preciosa” a medida que va sabiendo el precio le ofrecen por ella. La piedra no ha cambiado; lo que cambia es el conocimiento.
 
Si ganas un premio o te regalan un avión supersónico, último modelo, una joya de tecnología, es tuyo, lo miras, lo admiras, pero si no sabes pilotarlo, si ignoras todo, es como si no tuvieras nada. Empiezas a servirte de él, a poseerlo de hecho, a medida que vas aprendiendo cuántas cosas puedes hacer con él y cómo manejarlo o pilotarlo...
 
Así es la Divina Voluntad. Podemos conocerla solamente en la medida que Dios se digna revelarla; en esa misma medida los justos, los santos la han apreciado, amado y poseído, y así se han santificado.
 
“Dichosos los últimos (incluso en el tiempo), porque serán los primeros”.
 
Ante todo, hay que decir que la Divina Voluntad es la gran desconocida, a pesar de las elocuentes indicaciones importantísimas que da la Sagrada Escritura. Diciendo “Divina Voluntad” se entienden varias cosas. Hay que aclarar algunos equívocos. 
 
Segunda conferencia sobre la Divina Voluntad, como introducción a los Escritos de la Sierva de Dios LUISA PICCARRETA, “la pequeña Hija de la Divina Voluntad”,  finalizada al triunfo de Su Reino. 
Pablo Martín Sanguiao

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 http://digilander.libero.it/adveniat.es/03/conferencias/02dvconf.pdf

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