Un Espíritu Nuevo

un espiritu nuevo

Luisa Piccarreta: ¿“sierva de Dios” o “hija”?

“He aquí que mi Siervo tendrá éxito, será elevado, glorificado, ensalzado grandemente…” (Isaías,52,13)
“El Justo, mi Siervo, hará justos a muchos, Él asumirá sus iniquidades…” (Is.53,11).
"Héme aquí, soy la Sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc.1,38). 

 Jesús y María son presentados con este título: “el Siervo de Yahvé”, “la Sierva del Señor”.

Sin embargo, Jesucristo es el Hijo de Dios (Lc.1,35) y María es la Madre del Señor (Lc.1,43).

Y la epístola a los Hebreos dice que “Moisés fue fiel en toda la casa (de Dios) como servidor…, mientras que Cristo lo fue en cuanto Hijo, superior a su propia casa. 
Que somos nosotros…” (Heb.3,5-6).

El binomio “siervo-hijo” recorre toda la Divina Revelación, a partir del patriarca Abrahám. Por su parte, Jesús lo pone de relieve, por ejemplo, en la parábola “del hijo pródigo” (Lc.15,11 ss), y San Pablo, sobre todo, en su carta a los Gálatas (3,24-29 y todo el cap. 4).

Con Abrahám y su dencendencia empieza el largo camino del hijo pródigo, el regreso a Dios, hacia el Padre y su Casa Paterna, la morada del Hijo: “Maestro, ¿dónde vives?” (Jn.1,38).
”Padre, los que Tú Me has dado, quiero que estén conmigo, donde estoy Yo, para que vean mi gloria” (Jn.17,24).

La peregrinación, el camino de regreso a Dios, empieza con Abrahám. Pero el camino es largo y los Patriarcas y los justos vieron la Promesa sólo de lejos, sin recibir aún lo prometido.
Las etapas de ese regreso aparecen representadas en la vida de Abrahám; pero su problema esencial y existencial era éste: “Mi vida va pasando, ¿y para quién será todo lo que he hecho y lo que tengo? ¿Quién será mi heredero?”
El problema de Dios Padre es exactamente el mismo: “¿Para quién será todo lo mío? ¿Quién recibirá mi alianza de amor eterno y mi semejanza?” 

–“Señor Dios, ¿qué me darás, si yo me voy sin un hijo y el heredero de mi casa será este siervo mío Eliecer?” –“No será él tu heredero, sino uno que saldrá de tus entrañas” (4ª aparición de Dios).
Por lo tanto, respesto a Abrahám hallamos tres figuras: 1°, Eliecer, el siervo bueno y fiel, que vive en la misma casa de su señor; 2°, Ismael, que aunque es hijo de Abrahám, es hijo de su esclava y por lo tanto él también es siervo; nacido “de la sangre, del querer de la carne y del querer del hombre”; y 3°, Isaac, el hijo de la verdadera esposa, la mujer libre; por lo tanto es el hijo-heredero, venido al mundo después de los siervos, es el hijo nacido por Voluntad de Dios, que Abrahám ha creído.

* * *

Es evidente que la relación que existe entre el siervo y su Señor es imperfecta e inferior respecto a la del hijo con su Padre. Hay una relación y un vínculo que deben pasar a un nivel superior y perfecto, que será definitivo.
Para mejor comprender en qué sentido el Hijo de Dios (y la Madre del Señor) son “el Siervo y la Sierva del Señor”, conviene que veamos qué cosa es lo contrario de “siervo”: -
Respecto a la fidelidad, a la obediencia, lo contrario de “siervo” es “rebelde”, lo contrario de “obediente” es “desobediente”, lo contrario del “Fiat Voluntas tua” es el “non serviam” del demonio. 

Así pues, nadie es más “siervo del Señor”, nadie es más fiel y obediente que Jesús y María. - Pero hay otro aspecto, bajo el que considerar esa relación: es el amor, la intimidad, la vida recibida y compartida, el recíproco pertenecerse.
En este sentido, lo contrario de “siervo” es “hijo”. De manera que nadie es más “hijo de Dios” que Aquel que lo es por su propia naturaleza divina, Jesucristo, que nos hace también a nosotros “hijos de Dios” por gracia, formando con El una sola cosa. Es necesaria esta distinción para evitar un equívoco: pensar que en nuestras relaciones con Dios, ser un “siervo” sea como ser un “hijo”, o sea, que el modo de pensar, de sentir, de obrar, de ser tratado, etc., de uno y otro sea más o menos lo mismo. Se trata de dos actitudes profundamente diferentes, de dos espiritualidades, como la diferencia entre ser rey o ser súbdito, ser dueño de todo o no poseer más que alguna miserable cosa personal; como el estado de Adán antes y después de su caída, o como dista el Cielo de la tierra…
“El hijo” bueno, naturalmente, es el que “sirve” a su Padre mejor que nadie: “Tendré compasión de ellos como el padre tiene compasión del hijo que lo sirve.
Entonces os convertireis y vereis la diferencia entre el justo y el impío, entre quien sirve a Dios y quien no Lo sirve” (Mal.3,17-18). Pero hay manera y manera de servir al Padre. Esta es la manera de Jesús:
“Yo no busco mi voluntad, sino la Voluntad de Aquel que Me ha enviado” (Jn.5,30).
“El que Me ha enviado no Me ha dejado solo, porque Yo hago siempre lo que Le agrada” (Jn.8,29).
“Si alguno Me quiere servir, que Me siga, y donde estoy Yo, ahí estará también mi siervo. Si uno Me sirve, el Padre lo glorificará” (Jn.12,26). Nos preguntamos: ¿y dónde está Jesús?
“En el seno del Padre” (Jn.1,18).
“Vosotros sois mis amigos, si haceis lo que Yo os mando. Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor, sino que os he llamado amigos, porque todo lo que Le he oído al Padre os lo he dado a conocer” (Jn.15,14-15).
Lo cual significa que, para que Jesús nos considere amigos, al servicio (que es propio del siervo bueno y fiel) se ha de añadir el conocimiento de sus cosas íntimas y personales.
Es Jesús quien hace conocer las cosas del Padre, que las comparte con sus amigos fieles. El siervo no sabe lo que hace su Señor; el amigo lo sabe, porque se le manifiesta; pero el hijo, no sólo lo sabe, sino que además lo hace (“Quien Me ve a Mí, ve al Padre”; “Yo hago siempre lo que le agrada a mi Padre”, “El Padre, que vive en Mí, hace sus obras”, etc.)
El siervo es libre de servir o no servir (y si quiere dejar de servir, ya no tiene derecho a estar en casa de su dueño o a recibir su salario y es despedido), lo que no tiene es libertad de amar.
Por el contrario, el hijo que se porta como verdadero hijo, con sentimientos de hijo (y no como aquel hijo mayor de la parábola del “Hijo pródigo”, tan lejano de los sentimientos del Padre), no piensa en servir, sino en amar: o sea, es libre de amar. Sin libertad no hay amor; hay sólo un interés o un temor (“y el que teme no es perfecto en el amor”: 1ª Jn. 4,18).
El siervo, es figura de los justos del Antiguo Testamento. El hijo es figura del hombre redimido y reconciliado con Dios.
Pero en el hijo se dan dos situaciones o dos edades:
“Mientras que el heredero es niño (menor de edad), en nada es diferente del siervo (incluso del esclavo), aunque es dueño de todo, sino que depende de tutores y educadores hasta el tiempo establecido por el Padre” (Gál.4,1-2).

* * *

Dicho lo cual, debemos abrir un paréntesis. Aquí se está hablando de tiempo, de un “término establecido”.
La pregunta es: ¿cuándo? ¿Es un término que ya se ha cumplido históricamente, o es algo que todavía debemos esperar? Y aquí San Pablo nos mete en tema de escatología.
Parece que pocos (sobre todo hoy día) son los que esperan todavía ese tiempo nuevo, un semejante cambio radical.
“Hijos de Dios ya lo sois por la fe en Cristo Jesús, pues cuantos habeis sido bautizados en Cristo, os habeis revestido de Cristo” (Gál.3,26-27).
Para muchos de los creyentes, ya todo ha sido dicho y dado, no hay ningún tiempo nuevo que esperar, pues todo el cambio ya ha sucedido hace veinte siglos, en la Redención.
Lo único en perspectiva es el fin del mundo, quién sabe cuando y, de todas formas, algo tan lejano que no nos interesa.
El máximo interés para estos creyentes será, en el mejor de los casos, la salvación eterna, después de la muerte.
La teología habla de “obra de Salvación”, de “historia de la Salvación”: salvación del hombre, que vaya al Cielo. Punto y basta.
Pero San Juan nos dice que “todavía no se ha manifestado lo que seremos; sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a El (volveremos a ser a su divina semejanza), porque Lo veremos tal y como El es”. (1ª Jn.3,2).
Es decir, que se nos manifestará y comunicará su Vida, como Jesús la vive en el Padre, en su Voluntad, “como en el Cielo”.
San Juan nos habla del futuro, pero para evitar malentendidos, aclara que será “así en la tierra”.
En efecto, dice, “el que está en el amor vive en Dios y Dios vive en él; por eso el amor ha llegado en nosotros a su perfección, de tal modo que tengamos confianza en el día del Juício; para que como es El, así también seamos nosotros, en este mundo” (1ª Jn. 4,16-17). 

“¡Cuando se manifieste seremos semejantes a El EN ESTE MUNDO!”
Artículo del Padre Pablo Martín Sanguiao.